los limites del universo

De un modo bastante tópico, nuestro camino cósmico, auspiciado por , empieza en torno a un fuego de campaña en una playa desde la cual se ven las estrellas (nada de contaminación lumínica, por supuesto). ¿Seremos capaces de abandonar nuestro mundo para adentrarnos en el violento espacio exterior? La respuesta es afirmativa, al menos si lo único que tenemos que hacer es quedarnos frente al televisor. No nos arrepentiremos pues poco a poco nos dejaremos fascinar por unos objetos ausentes de nuestra realidad cotidiana pero que, sin embargo, nos ayudan a comprender de dónde venimos e intuir hacia dónde vamos.

El tono épico del documental contribuye a crear una atmósfera de aventura muy apropiada para lo que es, al fin y al cabo, un retorno al inicio de los tiempos. Bien estructurado, las distintas etapas permiten situar en el lugar y en el momento correcto objetos astronómicos y eventos, uno de los grandes retos cuando se intenta explicar el Universo, en el cual las distancias, los tamaños y los tiempos nos parecen inconmensurables en comparación con nuestra realidad. Las imágenes que aparecen mezcladas con animaciones han sido obtenidas con telescopios, en tierra y en el espacio, y por sondas espaciales. Éstas últimas tienen un papel importante en la película, ya que nos las vamos encontrando por el camino. A veces hay que dar un salto atrás en el tiempo, como con el módulo lunar del Apolo 11, que lógicamente ya no está sobre nuestro satélite: ¡devolvió a los astronautas a casa! Hasta la Luna, nos cuenta el narrador, han llegado docenas de personas, y doce la pisaron. Sus huellas, por la ausencia de erosión, continuarán existiendo durante millones de años.

Mercurio, vemos después, está demasiado cerca del Sol por su propio bien. Se trata de un gran núcleo de hierro disfrazado con una cobertura de roca. Tras estudiarlo, la sonda Messenger informó de que su gravedad es muy elevada en relación con su pequeño tamaño. El documental regresa continuamente a la percepción terrestre del Universo, por ejemplo Venus es la estrella de la mañana, para confrontarnos después con el objeto real… mucho menos acogedor en el caso de este planeta con un terrible efecto invernadero, en torno al cual gira la sonda Venera. ¿Será éste el futuro de la Tierra? El guión continúa yendo y viniendo del mito a la realidad. Hace alusiones a las ancianas creencias humanas sobre el Sol, pero también cuenta que dentro de él caben un millón de tierras y que es tan pesado que su gravedad controla todo el Sistema Solar. Habla de las Pléyades como de las hijas de un rey… En ocasiones, hace un guiño a los “entendidos”, como cuando alude al “gran salto” (parafraseando a Armstrong a su llegada a la Luna) que nos lleva más lejos de lo que antaño ha estado cualquier ser humano. Personaliza los riesgos de estar allí fuera para el viajero (nosotros en nuestro sillón), y juega a ponernos en un supuesto peligro, acercándonos y alejándonos de los diferentes cuerpos astronómicos.

¿Qué ocurriría si nuestro planeta desapareciera en este momento, dónde volveríamos? Habría que encontrar otro hogar. Enlaza esta premisa con Marte, el lugar en el cual desde hace siglos se sueña con que haya seres vivos. La esperanza se basa en que aquí la vida ha encontrado su camino incluso en condiciones extremas, en el fondo de los océanos, en la acidez de Río Tinto... En un panorama desolador, se ve al rover Opportunity moviéndose sobre el Planeta Rojo. Y continuamos alejándonos… y encontrándonos con nuestros predecesores tecnológicos. La nave Cassini recibe las emisiones radio de Saturno, en torno al cual gira. Y vemos a la sonda Huygens, que aterrizó en Titán. En este satélite con unas reservas enormes de gas ¿podríamos sobrevivir? Tras dejar atrás Saturno, ocurre un hito importante: se pierde contacto visual con la Tierra, ya no vemos nuestra casa. Nos sentimos, como dice el narrador, dentro de un videojuego gigante. Más allá de Urano, de Plutón y de Sedna, nos cruzamos con la nave Voyager 1, en la cual una placa informa sobre quiénes somos los seres humanos y dónde estamos. ¿Es ello razonable? ¿No estaremos facilitando la tarea a unos posibles invasores? Se trata del artefacto humano que más lejos ha llegado, pero más allá todavía habrá indicios de la existencia humana. Esperen y verán.

Y hemos alcanzado el espacio interestelar: miles de millones de estrellas, infinitas posibilidades para dirigirnos en varias direcciones. Las distancias son tan enormes que tenemos que hablar en años luz. El primer sistema solar cercano al nuestro, Alpha Centauri, está formado por tres estrellas. La obsesión por encontrar vida en otros lugares, tan humana, está continuamente presente en el documental. Por esto nos interesa una estrella a diez años luz de la Tierra, llamada Épsilon Eridani, que tiene planetas aglutinándose a su alrededor. ¿Podemos ver allí la formación del Sistema Solar? Pero esta estrella es demasiado joven, no ha tenido tiempo de evolucionar, ni sus planetas con ella.El documental siempre hace alusión a lo que conocemos para intentar comprender otros mundos y, también, comprender mejor el nuestro con la información que estos nos aportan. Ello permite poner las cosas en perspectiva. Por ejemplo, vemos una estrella con la edad del Sol y con planetas a la distancia correcta para que la vida pueda, eventualmente, surgir. Y nos avisa de que hemos llegado al punto alcanzado por las ondas televisivas con la retransmisión de los juegos olímpicos de Hitler. Hasta aquí se manifiesta la tecnología humana, a partir de ahora no existimos para nadie ni para nada.

Y continúa el desfile de impresionantes objetos astronómicos, como las estrellas binarias y sus relaciones de intercambio de materia. La naturaleza es un artista, afirma el narrador, el cual además le añade toques de poesía: las estrellas mueren para que nosotros vivamos, pues en el proceso liberan elementos químicos: hidrógeno, helio, los ladrillos del universo; y oxígeno y nitrógeno, los de la vida. Y nos recuerda donde están en nuestro cuerpo. “Somos polvo de estrellas”, ya lo decía Carl Sagan, en quien el guionista se ha inspirado sin duda, por ejemplo cuando habla de todas las pequeñas cosas terrestres que son inexistentes a la escala del Universo. ¿Quién se daría cuenta de la desaparición de la Tierra? ¿Cuántos mundos han existido y desaparecido ya? se pregunta. Dentro de 6.000 millones de años nuestro Sol morirá convirtiéndose en una enana blanca, pequeña pero increíblemente densa. A veces el documental cae un poco en el tremendismo, como cuando se pone a hablar de unos grandes malvados, o así los pinta: los agujeros negros, los restos de la explosión de una estrella gigante. En su interior las reglas de la física se colapsan. El relato es trepidante y resulta fácil dejarse arrastrar por él.

Finalmente abandonamos nuestra galaxia, la Vía Láctea, y entramos en el medio intergaláctico. Aquí está la materia oscura, que podría ser el 90% de la materia del Universo. Al acercarnos a los orígenes del Universo, las galaxias son más primitivas. Y hay restos de luz de una gran explosión, el Big Bang. Una de las frases finales del documental es remarcable: “aquí es donde acaba nuestro viaje y comienza el Universo”.

El documental da vía libre a la imaginación al especular con la posibilidad de ir a otro universo a través de un agujero de gusano y encontrar otro planeta habitable. Lo cierto es que, por el momento, se conforma con dar marcha atrás en el viaje cósmico hasta recuperar el hogar terrestre, al lado del fuego en la playa. A pesar de la insignificancia de la Tierra, no hemos encontrado ningún lugar más en el que quisiéramos estar, donde pudiéramos vivir. Esta película fascinante de National Geographic nos deja con un punto de desasosiego, otro de humildad y un tercero de ganas de saber más. 

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